A la pregunta que se hacen todos
los agentes del sector eléctrico: ¿y ahora qué? la respuesta mayoritaria seguramente
sería: ahora nada, es decir, no cabe esperar modificaciones a los
planteamientos hechos durante estos dos últimos años, a pesar de haberse producido
una quiebra de los mercados eléctricos, mercados que no fueron modificados en la reforma aprobada y a pesar de haber sido
denunciado su mal comportamiento reiteradamente.
Era impensable una reforma que no redefiniera
los mercados y como consecuencia de ello estableciera el camino para conseguir precios
competitivos en las tarifas eléctricas, el no reformar los mercados ya era de
por si singular pero que los mercados fueran cuestionados por el regulador y la
administración el mismo día en el que se estaba aprobando la nueva ley del
sector eléctrico, fue todo un símbolo de cómo se está gestionando la energía
aquí y ahora.
Un futuro mejor para todos no se puede basar en parchear y dar vueltas sobre el mismo circulo, hay que saber plantear nuevos retos y avances dentro de una economía del bien común o dicho de otra forma dentro de una economía del interés general.
Reiterar todo lo acontecido durante los dos últimos años en el sector energético de este país y, en particular, la solución al déficit del sector eléctrico prioridad de esta administración y objetivo a conseguir como antesala a cualquier otra política energética, conducirá, sin ninguna duda, a un estado de absoluta irracionalidad.
A la tercera irá la vencida en el
sector eléctrico, si un nuevo equipo
marcase un nuevo rumbo en la política energética y que este fuera fruto de un
amplio consenso político pero sobre todo social.
El sector eléctrico tiene una gran
oportunidad de avance si consiguiese pactar un tránsito hacia un
nuevo paradigma, en el que el papel de las regiones debería ser de protagonismo
en el liderazgo de las nuevas redes y en el desarrollo de todo lo concerniente
a las nuevas fuentes de generación y al ahorro y la eficiencia energética.
De otra manera seguiremos perdiendo
el tiempo: los consumidores seguirán mal empleando sus rentas y las compañías
tradicionales seguirán sumidas en su peor enemigo: su desprestigio social. La
reforma real, la que demanda este país, se hará, es solo cuestión de tiempo y,
por lo tanto, si no lo es a la tercera, lo será a la cuarta y así hasta que se
consiga, es impensable que no se consiga.

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